El artista necesita especialmente desarrollar el instinto de expansión, de manifestación. Esta posesión de una vida propia, aparte y secreta, va de sorpresa en sorpresa. La vida parece consistir en un formidable afán lírico, en una indomable voluntad de expresarse. Recordando a Ortega, podríamos decir que la obra de un artista es la huella profunda que otra vida humana ha dejado. Una fraterna conmoción a un tiempo deleitosa y dolorida. El trabajo es una constante búsqueda. La tierra, el agua, el aire recobrando su poder. Materia, color y signos son parte de esta obsesión de encontrar en la obra equilibrio y fuerza. Y es que la obra de un artista tiene los mismo ímpetus originarios de la existencia personal: la curiosidad, la imaginación, la confianza en sí mismo, el afán de gozar y triunfar. Estos deseos, esos ímpetus, serían la base de una posible existencia superior que, desarrollada, podría refinar las almas de los que vivimos. |
Adolfo Suárez con Alonso Alonso en Washington D.C. (1975) |